jueves, 28 de agosto de 2008

LOS PUEBLOS BARBAROS

Los hunos pueblo nómada asiático, probablemente de origen turco, tártaro o ugrio (ugro), que partió de las estepas situadas al norte del mar Caspio para realizar repetidas incursiones en el Imperio romano durante los siglos IV y V d.C. Estos ataques culminaron en una serie de guerras en la época de Atila, el más renombrado de sus líderes, que llevaron a ambas partes del Imperio romano, Oriental y Occidental, al borde de la destrucción. En su momento de máximo esplendor, los hunos absorbieron diferentes tendencias raciales en sus ejércitos y asimilaron las características de las poblaciones de su entorno, de modo que en Europa perdieron poco a poco su marcado carácter asiático; pero incluso antes de su llegada a Europa sus características físicas variaban mucho, y no era fácil determinar su identidad étnica o lingüística. Sin embargo, todos los relatos coinciden en describirlos como un pueblo nómada agresivo, con escasos logros culturales, que había logrado desarrollar una gran destreza en las técnicas de combate, sobre todo en el campo de la equitación militar.

Antes de que diera comienzo su historia europea conocida, existía en China occidental una tribu, posiblemente relacionada con los hunos, conocida con el nombre de xiongnu, a finales del siglo III a.C., en los primeros años de la dinastía Han. En el siglo II d.C., el poder de esta tribu en Oriente se debilitó y finalmente se dividió en dos campamentos, uno de los cuales se dirigió al sur con unas 50.000 familias, mientras que casi todos los demás, tras intentar durante algún tiempo sobrevivir en las estepas del Caspio, se fueron al oeste y al noroeste en busca de nuevas tierras. Un gran número de los que se dirigieron al noroeste, se estableció durante algún tiempo a orillas del río Volga. En la segunda mitad del siglo IV d.C., a las órdenes de un líder llamado Balamir, o Balamber, avanzaron hacia los territorios de los alanos, un poderoso pueblo asentado entre los ríos Volga y Don, a quienes derrotaron en una batalla a orillas del Don.

Su siguiente conquista fue el territorio de los ostrogodos, a los que persiguieron en su retirada hasta el río Danubio. De paso amenazaron a los visigodos, que buscaron la protección del Imperio romano. Pocos años después, cuando los godos se rebelaron contra la autoridad romana, los hunos cruzaron el Danubio para unirse a ellos. En las primeras batallas que se produjeron, los hunos no tuvieron un papel destacado, pero a principios del siguiente siglo se les unieron nuevas hordas, y antes del 432, durante el reinado del emperador romano de Oriente Teodosio II, su poder había aumentado tanto que el rey huno Roas, o Rugilas, cobraba un importante tributo anual a Roma.

A Roas le sucedieron sus sobrinos Atila y Bleda. Tras la muerte de Bleda, Atila amplió los dominios hunos en Occidente hasta la Galia, donde fue derrotado en el 451, e Italia. Sin embargo, tras la muerte de Atila en el año 453, el poder de los hunos decayó, y no volvieron a tener un lugar destacado en la historia europea. Muchos hunos se alistaron en los ejércitos romanos, mientras que otros se unieron a nuevas hordas de invasores del norte y del este, a quienes ayudaron en sus continuos ataques contra el Imperio.

En lo que respecta a las incursiones asiáticas de los hunos, llegaron incluso hasta la India, donde tras ser repelidos en un principio (finales del siglo V) por la dinastía Gupta, acabaron por provocar su desaparición como el principal poder en la zona.

Atila (c. 406-453), rey de los hunos (c. 433-453), conocido en Occidente como el ‘azote de Dios’, llamado Etzel por los alemanes y Ethele por los húngaros.

Se sabe poco de los primeros años de la vida de Atila, excepto el hecho de ser miembro de la familia gobernante de los hunos, un pueblo nómada de origen asiático que se abalanzó desde las estepas del Caspio, en repetidas correrías, sobre el Imperio romano. Antes del nacimiento de Atila, los hunos alcanzaron el río Danubio en incursiones contra el Imperio romano de Oriente; en torno al año 432 d.C. habían adquirido tal poder que el tío de Atila, el rey huno Roas, o Rugilas, recibía un gran tributo anual de Roma. Atila sucedió a su tío, compartiendo el trono al principio con su hermano Bleda, al que asesinó en el 445. En el año 447 Atila avanzó por Iliria y devastó toda la región comprendida entre el mar Negro y el Mediterráneo. Aquellos pueblos conquistados que no fueron destruidos fueron forzados a servir en su ejército. Derrotó al emperador bizantino Teodosio II, y Constantinopla se salvó por la única razón de que el ejército huno, básicamente formado por fuerzas de caballería, carecía de las técnicas de asedio a una gran ciudad. Sin embargo, Teodosio fue obligado a ceder una parte del territorio, al sur del Danubio, y pagar un tributo y un subsidio anual.

Contando en su ejército con un gran número de ostrogodos, o godos del este, a los que había sometido, Atila invadió la Galia en el 451 en alianza con Genserico, rey de los vándalos. Se encontró con el general romano Flavio Aecio y fue derrotado ese mismo año en la batalla de los Campos Cataláunicos, que tuvo lugar cerca de la actual ciudad francesa de Troyes; según todos los relatos, esta fue una de las más terribles batallas de la antigüedad. Los romanos fueron ayudados por los visigodos, o godos del oeste, al mando de su rey Teodorico I. Los historiadores de la época estiman las pérdidas del ejército de Atila entre 200.000 y 300.000 bajas, un número que en la actualidad se cree altamente exagerado. Aecio, con gran juicio, permitió a los hunos retirarse, siguiéndoles de lejos hasta el Rin.

Parcialmente recuperado de la derrota, Atila dirigió al año siguiente su atención hacia Italia, donde arrasó Aquilea, Milán, Padua y otras ciudades, avanzando hacia Roma. Ésta se salvó de la destrucción exclusivamente gracias a la mediación del papa León I, quien en una entrevista personal se dice había impresionado al rey huno con su majestuosa presencia. En el año 453 Atila se preparó una vez más para invadir Italia, pero murió antes de que pudiera llevar a cabo el plan.

Una importante consecuencia de la invasión de Italia por Atila fue que algunos de los pueblos conquistados, especialmente los vénetos, del noreste de Italia, buscaron refugio entre las islas, pantanos y lagos en la cabecera del mar Adriático, y en ese lugar fundaron un Estado que con el paso del tiempo se convirtió en la República de Venecia.

Atila, conocido como ‘el azote de Dios’, unificó a los hunos (varias tribus de pueblos mongoles), e invadió el Imperio romano desde el 436 hasta el 453. Asesinó a su hermano en el 445 para obtener el control único sobre el Imperio de los hunos, que se extendía desde el Rin, por el oeste, hasta el río Ural, por el este; su límite septentrional era el mar Báltico y el meridional, el Danubio.

Pueblos vikingos, nombre colectivo que se dieron a sí mismos algunos pueblos nórdicos (daneses, suecos y noruegos) que se dispersaron a lo largo de un periodo de dinámica expansión escandinava durante la edad media, desde el año 800 hasta el 1100.

Los vikingos eran un pueblo guerrero que habitaba en la región escandinava. Surcaron mares lejanos a sus dominios no sólo con el propósito de conquistar nuevas tierras sino de establecer asentamientos en otras regiones del mundo. Los vikingos daneses se dirigieron al sur, hacia la zona continental europea, y hacia las islas británicas, e incluso se adentraron en zonas del noroeste de la costa mediterránea. Los vikingos suecos viajaron hacia el este de Europa, mientras que los noruegos llegaron hasta Groenlandia y América del Norte.

Dicho periodo, denominado era vikinga, ha sido asociado popularmente durante mucho tiempo a una piratería desenfrenada a partir del momento en que los asaltantes llegaron desde las tierras nórdicas en sus barcos, asolando y saqueando en su camino a través de la Europa civilizada. No obstante, en la actualidad se reconoce que esta afirmación es una enorme simplificación. La historiografía más reciente destaca los logros de la era vikinga en lo que se refiere al arte, la artesanía, la tecnología naval, los viajes de exploración y el desarrollo del comercio escandinavo.

EXTENSIÓN DE LAS ACTIVIDADES VIKINGAS

El origen de la palabra vikingo es objeto de controversia: para unos procede del término noruego antiguo vík (‘bahía’ o ‘ensenada’) o del inglés antiguo wic (‘asentamiento comercial fortificado’). Evidentemente, no todo escandinavo era guerrero ni todo vikingo se dedicaba a la piratería. Las causas que originaron la expansión vikinga son complejas. La escasez de tierras en Escandinavia, la mejora en la producción del hierro y la necesidad de nuevos mercados probablemente tuvieron un papel importante.

La primera incursión vikinga que se conoce fue el asalto naval llevado a cabo en el 793 por merodeadores noruegos a Lindisfarne, situado en la isla sagrada de Holy Island, frente a la costa noreste de la actual Inglaterra y entonces perteneciente al reino anglosajón de Northumbria. No obstante, los cada vez más numerosos testimonios indican que se produjo, con bastante anterioridad a ese hecho, una importante emigración ultramarina de los vikingos por el este hacia el mar del Norte y por el oeste hacia el mar Báltico. Comerciantes suecos penetraron en el territorio de la actual Rusia, establecieron nuevas rutas comerciales Volga abajo y a lo largo del río Dniéper, convirtieron a Kíev y Nóvgorod en ciudades-estado y abrieron el acceso a Constantinopla y a los exóticos mercados de Arabia y del Lejano Oriente. En Constantinopla, los vikingos constituyeron la guardia imperial de los emperadores bizantinos, la temida y famosa guardia varega.

Guerreros daneses atacaron diversas ciudades del desmoronado Imperio que había sido gobernado por la dinastía Carolingia (Hamburgo, Ruán, París, Nantes o Burdeos), hasta que en el 911 una de estas bandas aceptó, mediante un tratado acordado con el rey francés Carlos III el Simple, la cesión de un vasto territorio situado en el norte de Francia (conocido en la actualidad como Normandía o 'tierra de los hombres del norte') y se asentaron en él.

El rey Canuto II el Grande estableció en las primeras décadas del siglo XII lo que ha sido considerado como un verdadero imperio escandinavo, que giraba en torno al mar del Norte y comprendía Inglaterra, Dinamarca y Noruega. Los aventureros noruegos se unieron a los daneses para someter todo el norte de Inglaterra (Danelaw) antes de asentarse allí como granjeros y comerciantes y de desarrollar, de forma notable, ciudades mercantiles como York. También tomaron el control de las islas del norte de Escocia (las Shetland y las Orcadas) y las islas Hébridas, además de gran parte del propio territorio continental escocés. En Irlanda desempeñaron un importante papel en las sangrientas disputas entre los distintos clanes rivales autóctonos y desarrollaron en ella las primeras ciudades comerciales: Dublín, Waterford, Wexford, Wicklow y Limerick, algunas de ellas de fundación vikinga.

Tras llegar a principios del siglo IX a las islas Feroe, los vikingos descubrieron tierras deshabitadas en el océano Atlántico, en las que se asentaron: en primer lugar, a finales de ese siglo, en Islandia; y, en los últimos años del siglo siguiente, en Groenlandia. Desde esta isla realizaron a finales del siglo X y principios del XI ambiciosas expediciones para explorar la costa nororiental de Norteamérica, a la que denominaron Vinlandia. Pero estos intentos de probable colonización de lo que sería el Nuevo Mundo, llevados a cabo 500 años antes de que lo hiciera Cristóbal Colón, fueron abandonados rápidamente dada la hostilidad de los pueblos nativos.

Las sagas islandesas de la edad media recogen historias sobre la abortada aventura americana, aunque han sido hallados escasos testimonios de la presencia vikinga, aparte de algunos restos encontrados en la isla canadiense de Ellesmere y, especialmente, en lo que fue el asentamiento de L'Anse aux Meadows. Este último, situado en el norte de la isla canadiense de Terranova, fue descubierto en 1963, y tras ser considerado el primer asentamiento europeo en Norteamérica, adquirió la categoría de parque nacional histórico y llegó a ser declarado quince años más tarde Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Se ha demostrado que todos los demás hallazgos supuestamente vikingos eran o bien falsificaciones o simplemente se trataba de meras confusiones.

Talla de madera vikinga En esta talla medieval, procedente de la puerta de una iglesia noruega, se manifiestan las formas sinuosas del arte vikingo, que en muchos casos representan animales y figuras humanas. Éste es un episodio de la leyenda del héroe Sigfrido en la que vemos a su enemigo, Gunter, tocando el laúd con los pies mientras yace moribundo en el foso de serpientes.

HERENCIA PERDURABLE

El impacto de los vikingos duró menos de lo que hubiera podido esperarse. Por lo general, poseían una gran capacidad para ser asimilados por las poblaciones locales. Siglo y medio después de asentarse en Normandía, sus descendientes franco-vikingos (normandos) eran lo suficientemente poderosos como para que Guillermo I conquistara Inglaterra en 1066 y, a partir de 1061, Roberto Guiscardo y su hermano Roger hicieran lo propio en la isla mediterránea de Sicilia. Los colonos normandos llevaron a las islas Británicas unas formas artísticas enérgicas, nuevas técnicas agrícolas, una perspicacia mercantil y un vigoroso lenguaje. Aún son visibles las huellas escandinavas en los dialectos de Escocia y del norte de Inglaterra. Introdujeron nuevas formas de administración y de justicia, como el sistema del jurado. Quizá el legado más duradero de los vikingos se encuentre en Islandia, donde se desarrolló la gran literatura medieval extendida en forma de sagas.

En su época, los vikingos surcaron la mitad del mundo en sus barcos abiertos y ampliaron enormemente sus horizontes. A pesar de ello, no poseyeron ni recursos humanos ni aguante ni riqueza suficiente, además de una experiencia política, ni tampoco una cohesión interna o una confianza exterior para superar de forma efectiva a los más antiguos, más ricos y más estables estados que habían intentado invadir. Su dinamismo decayó gradualmente e incluso sus magníficos y veloces barcos fueron reemplazados y sustituidos por otras embarcaciones mayores, más sencillas y mejor adaptadas para el transporte de voluminosas mercancías.

Asentamiento vikingo La expansión vikinga tuvo lugar entre los siglos IX y XII. La ilustración que aquí se reproduce muestra un modelo de pequeño asentamiento costero vikingo. Estos dinámicos escandinavos surcaron buena parte de los mares y establecieron numerosas factorías a lo largo del mundo conocido e incluso en territorios ignorados por las principales naciones europeas de la época, como Norteamérica.

Pueblo celta, más exactamente grupo de pueblos, que dominaba la mayor parte del oeste y centro de Europa durante el I milenio a.C. y que transmitió su idioma, costumbre y religión a los otros pueblos de la zona. Los antiguos griegos y romanos reconocieron la unidad cultural de un pueblo cuyo territorio se extendía desde el este de Europa hasta el norte del continente. Su nombre genérico aparece en documentos romanos como celtae (derivado de keltoi, la denominación que Heródoto y otros escritores griegos dieron a este pueblo), galatae o galli. Los celtas hablaban una lengua indoeuropea de la misma familia que las de sus vecinos itálicos, helénicos y germanos. Los topónimos celtas, junto con los nombres de las tribus, las personas y dioses, nos permiten pensar en su presencia en un extenso territorio europeo, desde la actual España hasta el mar del Norte y desde las islas Británicas hasta el bajo Danubio.

Metalurgia celta Los restos arqueológicos celtas indican que este pueblo habitó en la zona ocupada en la actualidad por Francia y el oeste de Alemania a finales de la edad del bronce, hacia el 1200 a.C. Este casco de bronce (arriba en el centro) probablemente perteneció a un guerrero celta de alta graduación. Los cuernos huecos se hacían con láminas de bronce remachadas; el casco era utilizado en los desfiles, no en la batalla. La vaina (el tercer objeto de la izquierda), hecha también con láminas de bronce remachadas, estaba revestida de corteza de abedul.

HISTORIA MÁS ANTIGUA

Los celtas normalmente son asociados con la edad del hierro en Europa. Sus orígenes están situados durante la cultura de los Campos de Urnas, de finales de la edad del bronce (un grupo de culturas caracterizadas por la cremación de los restos mortales e inhumación de las cenizas en recipientes de cerámica), que estaban muy dispersos por todo el este y centro de Europa durante el periodo comprendido entre el año 1300 a.C. y el 800 a.C.

Las primeras pruebas arqueológicas relacionadas con los celtas los sitúan en lo que ahora se conoce como Francia y Alemania occidental, al final de la edad del bronce, hacia el 1200 a.C. Al principio de la edad del hierro, son asociados con la cultura de Hallstatt (siglo VIII-primera mitad del siglo V a.C.), que recibió el nombre de una localización arqueológica situada en la alta Austria.

El último periodo Hallstatt (siglo VI-primera mitad del siglo V a.C.) a veces es conocido como la edad de los príncipes, debido a los enterramientos espectaculares (como los de Hochdorf) y las impresionantes colinas fortificadas (tales como la de Heuneburg). Ambas situaciones muestran un periodo de riqueza, que hizo posible esos ricos enterramientos y también la construcción más elaborada de edificios defensivos.

Entre los siglos V y I a.C., la influencia celta se extendió desde la península Ibérica hasta las orillas del mar Negro. Esta última fase de la edad del hierro recibió la denominación de La Tène, nombre de una población en Suiza. En los siglos IV y III a.C., la inestabilidad afectó al mundo celta, quizá a causa de la presión de otros pueblos desde el norte. Tuvieron lugar migraciones y las tribus celtas invadieron el mundo grecorromano: el norte de Italia, Macedonia y Tesalia. Saquearon Roma en el año 390, y Delfos en el 279 a.C. Algunos, los gálatas, llegaron a Asia Menor, instalándose en la región que pasa a llamarse Galacia.

Los celtas del norte de Italia fueron conquistados por los romanos en el siglo II a.C.; la Galia transalpina (la mayor parte del sur de Francia) fue dominada por Julio César en el siglo I a.C., y la mayor parte de Britania quedó bajo poder romano en el siglo I d.C. En el continente, los celtas acabaron por ser asimilados por el Imperio de Roma y perdieron su cultura propia. En Britania, sin embargo, la lengua celta y la cultura sobrevivieron mejor. En la época medieval y moderna la tradición celta y las lenguas sobrevivieron en Bretaña (en el oeste de Francia), Gales, las Highlands escocesas e Irlanda.

SOCIEDAD CELTA

La sociedad celta tenía una base rural centrada en la agricultura y el pastoreo. Cuando la acumulación de riquezas o la competencia por los recursos eran fuertes, las fortificaciones en colinas eran ocupadas de forma permanente. Éstas comprendían una zona cerrada en lo alto de la colina, defendidas por fosos y murallas. El interior estaba ocupado por chozas y había zonas destinadas al trabajo de los artesanos. El grano se almacenaba en pozos cubiertos con arcilla. Cada fortificación podía dominar la zona que la rodeaba. Buen ejemplo de estas ciudades fortificadas, a las cuales Julio César llamó oppida lo encontramos en Manching, en el sur de Alemania: las calles estaban trazadas hacia el exterior y los edificios situados en filas y con zonas específicas reservadas para cada actividad. En la península Ibérica estas fortificaciones se conocen como castros y hay buenos ejemplos en Galicia (España) y en el norte de Portugal.

La unidad social celta era la tribu. En ella, la sociedad estaba estratificada en nobleza o familias dirigentes de cada tribu, agricultores libres que también eran guerreros, artesanos, trabajadores manuales y otras personas no libres, y los esclavos. También existía una clase instruida que incluía a los druidas. En los primeros tiempos, las tribus eran dirigidas por los reyes, lo cual parece que persistió en Gran Bretaña hasta la conquista de Roma. En las partes de la Europa celta más abierta a las influencias del mundo clásico, los magistrados electos sustituirían a los reyes.

Los escritores romanos como Julio César, y griegos como Estrabón y Diodoro describen el estilo de vida de los celtas. A pesar de su brutalidad o sus tendencias románticas, estos relatos sugieren que a los celtas les gustaban las celebraciones y la bebida, contar historias y presumir de hazañas atrevidas. César, por ejemplo, afirma que los hombres de la clase guerrera estaban muy orgullosos de la lucha, que eran expertos aurigas y que para parecer más terroríficos en la batalla, se pintaban el cuerpo con woad, un tinte vegetal azul. Los celtas también sobresalían en la metalurgia y prodigaban sus habilidades artísticas en objetos tales como las armaduras y los arneses para sus caballos. El comercio era importante; los bienes lujosos y el vino eran importados a cambio de perros, caballos, pieles, sal y esclavos.

El escudo de Battersea La taracea con esmalte, decorada con zarcillos que forman espirales simétricas, fue empleado con frecuencia por los celtas como armadura y arnés de los caballos. El escudo de Battersea, una pieza clásica de la metalistería celta, es en realidad la superficie de un escudo que probablemente estaba hecho de madera. Arrojado a las aguas, quizás como ofrenda votiva, fue encontrado en el Támesis a su paso por Battersea (en el suroeste de Londres) en 1857.

RELIGIÓN CELTA

Las tribus celtas compartían vínculos religiosos comunes. Cuando imperaba la monarquía, el rey tenía un papel sagrado, desempeñando un papel activo en los ritos sacros. Existían dioses panceltas, así como divinidades relacionadas con tribus particulares o con lugares sagrados dentro de su territorio. Los objetos rituales (tales como el caldero de Gundestrup, una gran caldera de plata con decoración en relieve que fue recuperada en un pantano de Jutlandia, en Dinamarca) proporcionan algunas ideas sobre la mitología celta. Fragmentos narrativos de la antigua mitología también pueden encontrarse en la literatura medieval de Irlanda y Gales.

Los druidas eran los sacerdotes de la sociedad celta. Su nombre probablemente significaba ‘verdadero adivino’ y sus funciones incluían la adivinación, la ejecución de sacrificios y la dirección de rituales en festivales religiosos. Los emplazamientos religiosos celtas incluían los recintos de los santuarios, pero a veces también poseían estructuras más elaboradas. Los pozos quizá estuvieran relacionados con la adoración de la tierra y los sacrificios humanos y de animales, así como con la ceremonia de forjar espadas y otras ofrendas, que eran arrojadas en ellos. Algunos emplazamientos naturales también tenían un significado religioso. El acebo y el muérdago se consideraban sagrados, así como las arboledas y los robles. Los animales eran venerados como tótems de la tribu y se buscaba la adivinación en el vuelo de los pájaros o en las entrañas de los animales sacrificados.

Ceremonia druídica en Stonehenge Desde el siglo II a.C. hasta el siglo II d.C. el druidismo fue la principal religión de la población celta que habitaba en gran parte de la Galia y las islas Británicas. Todavía en la actualidad persisten cultos druídicos, como se puede contemplar en esta imagen, en la cual un grupo de druidas celebra la ceremonia del solsticio de verano en Stonehenge.

HISTORIA MÁS RECIENTE

Cuando el Imperio romano se derrumbó hacia el siglo V d.C., los reinos reconocidos como celtas surgieron en las partes romanizadas de Britania. A la vez, los germanos invasores se asentaron en la zona oriental de Britania. Mientras, los invasores gaélicos de Irlanda se asentaron en el oeste de Escocia. Simultáneamente los britanos del suroeste de Inglaterra se asentaron en Bretaña.

El cristianismo había llegado a Britania en tiempos del dominio romano. En el siglo V, Irlanda fue convertida por san Patricio y otros misioneros. Después, el cristianismo se estableció en Escocia, principalmente a través de la fundación de Iona por san Columba. Por lo tanto, la fe cristiana fue llevada a las tribus británicas del noroeste escocés, cuyos miembros eran conocidos como pictos, y a los británicos de Northumbria. La cultura del mundo celta experimentó un gran florecimiento en los siglos VII y VIII, en el cual la Iglesia jugó un papel central patrocinando las artes, la escultura y la ilustración de manuscritos. La literatura vernácula también fue cultivada de forma más extensa que en otros lugares de Europa. Los eruditos celtas destacaban como misioneros y profesores en el continente.

Las zonas celtas de las islas Británicas sufrieron ataques de los pueblos escandinavos durante los siglos IX y X, y admitieron a los que se instalaron. Los reyes gaélicos de los escoceses surgieron como señores de las tierras de los pictos y dominaron a los británicos que permanecían en el suroeste escocés y a los ingleses en el sureste. La frontera galesa-inglesa se estabilizó, mientras Cornualles perdió su independencia política. En Irlanda, se realizó un proceso similar para crear una monarquía nacional. Habían surgido las cuatro naciones actuales: tres celtas y una germánica.

La conquista normanda de Inglaterra en el 1066 llevó a la de Gales y hacia el siglo XII a la de Irlanda y Escocia. Como resultado, la lengua y la cultura céltica dejaron de ser usadas en los círculos jurídicos, y gradualmente se convirtieron en lenguas de uso popular. Un proceso similar tuvo lugar en Bretaña. El clima social que se había desarrollado en lo que actualmente son Gran Bretaña y Francia había dado oportunidad para que los elementos celtas mejoraran, pero se frustraban por la intolerancia cultural o religiosa. Los resultados de esta ambivalencia quizá se vean en la contribución celta a la vida y cultura británica, en manifestaciones del folclore celta, en el florecimiento de las comunidades celtas emigradas y en las sociedades de ultramar.

Cruz celta En el siglo V, san Patricio convirtió al cristianismo a los celtas, el pueblo que invadió Irlanda en la edad del hierro. Esta cruz celta, próxima al río Shannon (Irlanda), con sus ricos relieves estilizados de dioses de la tierra y espíritus del bosque, demuestra que el pueblo celta mantuvo buena parte de sus creencias druídicas.

Los germanos

Pueblos germanos, grupo de pueblos indoeuropeos que conquistaron la mayor parte del oeste y del centro de Europa en el siglo V d.C., contribuyendo al fin del Imperio romano de Occidente. Hacia el siglo II a.C., los pueblos germanos ya habían ocupado el norte de Germania (fundamentalmente, la actual Alemania) y el sur de Escandinavia.

Casi todo lo que se conoce sobre los pueblos germanos procede de los relatos históricos escritos por dos autores romanos: Comentarios sobre la guerra de las Galias (51 a.C.) de Julio César, y Germania (98 d.C.) de Publio Cornelio Tácito. En tiempos de César, la posesión de tierra entre los germanos no implicaba la propiedad privada; en su lugar los campos se dividían anualmente entre los clanes. Sin embargo, en tiempos de Tácito, la tierra se repartía anualmente entre particulares, según la clase social. La unidad sociopolítica básica era el pagus (clan). Durante el periodo de César, algunos pagi tenían líderes militares como jefes, pero sólo en tiempo de guerra. Sin embargo, en la época de Tácito, al menos varios pagi elegían jefes de plena dedicación. Estos líderes no tenían un poder absoluto, ya que aquél estaba limitado por un consejo de nobles y por una asamblea de guerreros. Los jefes militares tenían grupos de hombres (comitium) que les juraban lealtad, tanto en tiempos de guerra como de paz.

El primer encuentro entre los pueblos germanos y sus vecinos romanos fue en el siglo II a.C., cuando los cimbrios y los teutones invadieron la Galia, siendo derrotados en la actual Provenza. Sin embargo, para entonces la mayor parte de Germania estaba ocupada por tribus germanas, como los suevos, queruscos y otras. Cuando los romanos a su vez intentaron conquistar la zona oriental del río Rin, a principios del siglo I d.C., el jefe querusco Arminio (Hermann) les derrotó. Hacia mitad del siglo II d.C., la presión de los germanos sobre las fronteras romanas se intensificó. El emperador Marco Aurelio Antonino libró con éxito una guerra contra tribus como los marcomanos, los cuados y los yázigas. Para entonces, los ejércitos romanos habían comenzado a usar mercenarios germanos. Durante el siglo III, más emigraciones causaron una crisis dentro del Imperio, cuando los godos, alamanes y francos penetraron en las fronteras germanas. El movimiento se detuvo algún tiempo, en el siglo III, durante los reinados de los emperadores Diocleciano y Constantino I el Grande, pero se reanudó cuando los hunos, no germanos, que partieron de Asia central en el siglo IV, comenzaron a presionar a los pueblos germanos. En el siglo V, estos últimos ocuparon todo el Imperio romano de Occidente. Durante los siglos siguientes, las tribus germanas se convirtieron al cristianismo y sentaron las bases de la Europa medieval.

Otros pueblos germanos que merecen ser mencionados son los anglosajones, que se establecieron en los siglos V y VI d.C. en Britania; los vándalos, que llegaron a dominar parte del norte de África hasta mediados del siglo VI d.C.; o los lombardos, que conquistaron el territorio septentrional de la península Itálica durante la segunda mitad del mismo siglo. Las lenguas germánicas aún se hablan en Alemania, Austria, Suiza, Escandinavia, los Países Bajos, Bélgica, Suráfrica, y en los países de habla inglesa.

Suevos, miembros de un pueblo de origen germano, que llegaron a la península Ibérica en el año 409 con los vándalos y los alanos. Inicialmente los invasores se dedicaron al saqueo, pero en el 411 se establecieron en distintas zonas del solar hispano. Los suevos y los vándalos asdingos ocuparon la provincia romana de la Gallaecia. Muy pronto surgieron rivalidades entre ambos pueblos. Los asdingos se dirigieron hacia la Bética y, finalmente, al norte de África, donde crearon un reino independiente (429). Posteriormente, los suevos iniciaron acciones ofensivas contra todas las provincias de Hispania salvo la Tarraconense, que se mantenía bajo el control imperial. El año 441, bajo la dirección de Requila, conquistaron Sevilla y se extendieron sobre la Cartaginense. Cinco años después derrotaron a los ejércitos imperiales romanos enviados a la Península para recuperar estos territorios.

A mediados del siglo V, los ataques suevos sobre la Tarraconense provocarán la intervención de los visigodos, como federados de Roma. En el 456, Teodorico II, al frente del ejército visigodo, derrotó a los suevos en la batalla del Órbigo. Desde entonces, los suevos quedaron arrinconados en la Gallaecia y no hay noticias de ellos hasta mediados del siglo VI. Durante ese periodo de aislamiento, se produjo la consolidación del reino suevo. La integración entre la población hispanorromana y germana se consumó a mediados del siglo VI con la conversión al catolicismo de la familia real. En esta decisión intervinieron los bizantinos y los francos, interesados en apoyar a los suevos frente a los visigodos, y fue decisiva la influencia de Martín de Braga. Fortalecidos, los suevos reemprendieron una política expansionista, pero el monarca visigodo Leovigildo consiguió neutralizarla. El apoyo del rey suevo Miro a la sublevación de Hermenegildo contra su padre Leovigildo tuvo consecuencias nefastas. El monarca suevo fue derrotado en Sevilla (583) y tuvo que retirarse a Galicia tras reconocer la supremacía de los visigodos. Muerto el rey Miro, la sumisión a los visigodos, acatada por su sucesor Eborico, provocó la sublevación de la aristocracia y el destronamiento del monarca. Estos enfrentamientos facilitaron en el año 585 la intervención visigoda y la conquista del reino suevo por Leovigildo.

Vándalos, antiguos grupos de pueblos de origen germánico, procedentes de Jutlandia (hoy Dinamarca), que emigraron al valle del río Oder, hacia el siglo V a.C. Durante los siglos II y III d.C., se establecieron a lo largo del Danubio. Entraron en la Galia en el 406, invadieron Hispania en el 409, donde lucharon contra los visigodos (otro pueblo germano) y los romanos. En el 422 obtuvieron una victoria sobre las tropas romanas en Hispania, con lo que lograron el dominio de las regiones de la Bética y de la Cartaginense. Ocuparon la actual Sevilla y Cartago Nova en el 426. Genserico se convirtió en su rey en el 428, y bajo su mando alcanzaron su máximo poder. El año siguiente se trasladaron al norte de África y derrotaron a los romanos. El emperador romano Valentiniano III reconoció la soberanía de Genserico en el 422. Dominaron lo que hoy es Argelia y el norte de Marruecos hacia el 435 (tras ser reconocidos por el Imperio romano como federados), y conquistaron Cartago en el 439. Su flota controló el Mediterráneo occidental, saqueó Italia, incluida Roma, en el 477. Fueron seguidores del arrianismo, y trataron con severidad a los cristianos católicos. Su poder comenzó a decaer después de la muerte de Genserico, en el 477, y en el 534 el general bizantino Belisario les derrotó, consiguiendo recuperar el reino vándalo al Imperio bizantino. El uso moderno del término vándalo refleja el terror y la hostilidad que causaron a otros pueblos con sus saqueos y pillajes, en particular en Roma.

Cabe distinguir, dentro del pueblo vándalo, dos grupos bien diferenciados: el de los vándalos silingos (que desaparecieron exterminados por los visigodos hispanos en el 418, junto a los alanos) y el de los vándalos asdingos, creadores del reino africano vándalo en el 435.

Pueblo alano, pueblo de origen iranio relacionado con los pueblos sármatas cuya primera aparición en la historia tuvo lugar al norte del mar Caspio. Durante los siglos II, III y IV d.C. emigraron hacia el oeste hasta llegar a las provincias orientales del Imperio romano. Se dividieron en dos grupos. Uno continuó desplazándose hacia el oeste con los pueblos germanos y llegaron a la Galia, Lusitania y finalmente al norte de África, donde se fusionaron con los vándalos. El otro grupo se dirigió hacia el Este y se asentó en la cordillera del Cáucaso, donde sus descendientes perviven en la actualidad, con el nombre de osetos, en la República de Georgia y en la Federación Rusa.

En la primera mitad del siglo IV d.C., el primer grupo citado de alanos hubo de asentarse en el territorio de la actual Hungría debido a la presión de los godos, y acabó invadiendo la Galia hacia el 406. Tres años más tarde los alanos pasaron el límite de los Pirineos junto con los vándalos y los suevos, para firmar un pacto (foedus) con Roma que les permitía establecerse en las provincias romanas Cartaginense y de Lusitania. Tras su exterminio casi total a manos del rey visigodo Valia en el 418, sus supervivientes se acabaron uniendo a los vándalos mandados por Genserico que unos once años después se dispusieron a asentarse en el norte de África

Sármata, pueblo nómada y pastor que hablaba una lengua indoirania, y que en el siglo V a.C., según los relatos del historiador griego coetáneo Heródoto, vivía entre el mar Caspio, el río Don y el mar de Azov (zona que actualmente forma parte de Rusia), en el país denominado Sarmacia. Hacia el siglo III a.C., habían sometido a los escitas de las grandes llanuras del norte del mar Negro (con quienes guardaban numerosas semejanzas), y su territorio aumentó desde el mar Báltico hasta el mar Negro y desde el río Vístula al Volga. Continuaron dominando esta zona hasta que fueron controlados por los godos de occidente durante el siglo III d.C., y por los hunos del este en el siglo IV. Entre las tribus sármatas se encontraban los alanos, los roxolanos y los yázigas.

Reino visigodo, núcleo político creado por los visigodos, cuyo asentamiento como tal en la península Ibérica (el denominado reino de Toledo) se llevó a cabo en el transcurso del siglo VI y cuya duración finalizó con la invasión musulmana de la misma en el 711. Los visigodos eran un pueblo germano perteneciente al grupo godo, que recibió ese nombre en tanto que fueron conocidos como los godos de occidente (así, visigodo resulta de las palabras germanas west, que significa ‘oeste’, y gothus, que quiere decir ‘godo’).

Su presencia en Hispania data del 416, cuando acudieron como federados del Imperio romano de Occidente para combatir a los suevos, vándalos y alanos, que se habían asentado en diversas regiones del territorio peninsular. Tras esta intervención, firmaron un acuerdo con Roma y se establecieron en el sur de la Galia, donde crearon el reino de Tolosa (denominación otorgada por la historiografía española para referirse al Estado visigodo que tuvo su capital en lo que es en la actualidad la ciudad francesa de Toulouse). Más tarde, regresaron a la Península con funciones de carácter militar, iniciándose su asentamiento en estas tierras. Pero la afluencia masiva de visigodos hacia la península Ibérica se produjo después de la derrota sufrida frente a los francos en la batalla de Vouillé (507). Su asentamiento preferente tuvo lugar inicialmente en la cuenca del Duero, una zona de escasa población y débil desarrollo urbano, que les permitía mantenerse aislados de los hispanorromanos.

El triunfo de san Hermenegildo El cuadro que muestra la imagen, El triunfo de san Hermenegildo (Museo del Prado, Madrid), realizado en 1653 por el pintor español Francisco de Herrera el Joven para el altar mayor del convento de los Carmelitas Descalzos de Madrid, representa al rey visigodo Hermenegildo, triunfante tras su conversión al catolicismo. A sus pies se postran su padre, Leovigildo, y el obispo arriano de quien se negó a recibir la comunión.

LOS PRINCIPALES REYES VISIGODOS

El reino visigodo de Toledo comenzó a cobrar entidad durante el reinado de Leovigildo (568-586). Este monarca consiguió implantar un dominio político efectivo en la mayor parte del territorio peninsular. Se impuso a la aristocracia hispanorromana de la Bética (573-576) y anexionó el reino suevo (585), situado en la antigua provincia romana de Gallaecia (aproximadamente, la actual comunidad autónoma de Galicia). Frente a los pueblos del norte, ocupó Amaya (en la actualidad, perteneciente al municipio burgalés de Sotresgudo), en el entonces territorio cántabro, y, en el 581, erigió la plaza fuerte de Victoriaco (probable y remoto origen de la actual capital alavesa de Vitoria) para contener a los vascones. La franja costera que va desde Valencia hasta Cádiz, ocupada por el Imperio bizantino desde principios del siglo VI, fue incorporada más tardíamente, en el 625, bajo el reinado de Suintila.

Leovigildo (?-586), rey de los visigodos (568-586). Fue asociado al trono por su hermano, el monarca Liuva I, encargándose de la gobernación de Hispania (España). A la muerte de Liuva (572), quedó como único rey de los visigodos. Leovigildo consiguió implantar el dominio político visigodo en la práctica totalidad del territorio peninsular. Se enfrentó a los bizantinos, sometió a la aristocracia hispanorromana de la Bética (actual Córdoba, 572) y anexionó el reino suevo (585). Frente a los indómitos vascones erigió la plaza fuerte de Victoriaco. Tuvo que hacer frente a la sublevación de su hijo Hermenegildo, al que derrotó en el 584. Para crear un verdadero reino promovió la fusión entre la población hispanorromana y visigoda. A tal fin, promulgó un código de validez territorial e intentó conseguir la unificación religiosa en torno al arrianismo. Asimismo, procuró sentar las bases de un Estado centralizado.

Leovigildo y Liuva I Esta miniatura de un manuscrito conocido como Semblanza de reyes (c. 1095, Biblioteca Nacional, Madrid, España) reproduce las figuras de los reyes visigodos Liuva I (izquierda) y Leovigildo. El reino visigodo comenzó su verdadero desarrollo en la península Ibérica con el reinado de Leovigildo, el cual fue asociado al trono por su hermano Liuva, en el 568, para gobernar, en un principio, Hispania. Cuando éste falleció, en el 572, Leovigildo pasó a reinar en solitario durante catorce años.

Asimismo, se tomaron medidas encaminadas a promover la fusión entre visigodos e hispanorromanos, base fundamental para la formación de un verdadero reino. Para acabar con las diferencias religiosas, Leovigildo trató de imponer el arrianismo como religión oficial del Estado, pero fracasó por la oposición de la Iglesia y de la aristocracia hispanorromana. Su propio hijo Hermenegildo, responsable del gobierno de la Bética, abrazó el catolicismo y se sublevó (579). Ante esta situación, sólo quedaba la opción de conseguir la unidad en torno al catolicismo, medida adoptada por su hijo Recaredo en el III Concilio de Toledo (589). La unidad jurídica se consiguió con la promulgación por Recesvinto del Liber Iudiciorum (654), código de validez territorial por el que debían regirse todos los jueces.

LA POLÍTICA

Los visigodos pretendieron instaurar un Estado centralizado, continuador del poder romano, a cuya cabeza estaba la institución monárquica. El rey era el jefe supremo de la comunidad y tenía amplios poderes judiciales, legislativos, militares y administrativos. Para reforzar su prestigio, los reyes visigodos adoptaron los atributos y el ceremonial de los emperadores. El rito de la ‘unción regia’, que recibían de los obispos, les confería cierto carácter sagrado. Tradicionalmente se accedía al trono por elección dentro de un linaje. Diversos reyes intentaron hacerla hereditaria recurriendo al procedimiento de la ‘asociación al trono’, que aseguraba la sucesión dentro de la propia familia, pero finalmente se impuso el principio electivo (IV Concilio de Toledo, 633). El organismo que auxiliaba a los reyes en sus funciones de gobierno era el Officium Palatinum, en el que se integraban los magnates de su confianza. Para la gobernación del territorio mantuvieron la división de época romana en provincias, a cuyo frente situaba a un dux (duque). En cambio, los viejos municipios romanos fueron sustituidos por nuevos distritos de carácter más rural, los territoria, gobernados por un comes (condes). Tanto los duques como los condes pertenecían a los escalones más altos de la nobleza y se erigieron en los grandes funcionarios de la administración territorial. Las grandes asambleas políticas del reino fueron el Aula Regia y los Concilios de Toledo.

La pretensión de los reyes de revitalizar el Estado y de reafirmar el papel de la monarquía chocó con la oposición de la nobleza. Los nobles promovieron constantes rebeliones armadas, que en muchas ocasiones se saldaban con el destronamiento o la muerte del rey, y utilizaron los Concilios para imponerse a los monarcas. Algunos reyes intentaron imponerse a la nobleza recurriendo a la confiscación de sus bienes o a la política represiva, como sucedió con Chindasvinto (642-653), pero no pudieron detener el proceso de desintegración en que se hallaba inmerso el reino visigodo. En las últimas décadas del siglo VII, el Estado se encontraba fragmentado en múltiples células autónomas, gobernadas por la alta nobleza. Los vínculos públicos fueron sustituidos por otros de carácter privado, fundamentados en el juramento de fidelidad a los reyes. Asimismo, el Ejército público había acabado por convertirse en una suma de ejércitos privados de los nobles. En los primeros años del siglo VIII se recrudeció la lucha por el poder entre las dos familias más poderosas del reino, la de Chindasvinto y la de Wamba. El clima de auténtica guerra civil en que vivía la Hispania visigoda facilitó la invasión musulmana. El último rey visigodo, Rodrigo, fue derrotado y muerto por los musulmanes en la batalla de Guadalete (711) y con él desapareció el reino de Toledo.

LA ECONOMÍA Y LA SOCIEDAD

Durante la época visigoda, prosiguieron las transformaciones socioeconómicas características del Bajo Imperio romano. Los latifundios se convirtieron en centros de articulación política y social, en los que se integraba un gran número de población libre, vinculada personal y económicamente a los grandes propietarios. La decadencia de las ciudades y del comercio prosiguió y se agudizó el proceso de ruralización de la sociedad. Desde la conversión de Recaredo al catolicismo se produjo una confusión creciente entre el poder político y el religioso, y la cultura pasó a ser un monopolio de la Iglesia. Sin duda la figura más destacada en este campo fue san Isidoro de Sevilla, autor de las Etimologías, obra que ha sido considerada la primera ‘enciclopedia cristiana’.

Concilios de Toledo, juntas de carácter eclesiástico, pero también político y jurídico, que fueron las principales asambleas durante el reino visigodo, en la península Ibérica, y tuvieron lugar en la ciudad de Toledo desde el 589 (III Concilio) hasta el 702 (XVIII y último Concilio). Antes de la conversión visigoda al catolicismo, se reunieron dos concilios en Toledo: hacia el 400, todavía bajo la dominación romana, se celebró el I Concilio, cuyo objetivo era tratar las consecuencias de la herejía de Prisciliano (el priscilianismo); en tanto que, en el 527, cuando el arrianismo era la fe dominante en el reino, tuvo lugar el II Concilio.

Durante el reinado de Recaredo (586-601) se convocó el III Concilio toledano, el cual es considerado el fundacional por cuanto se llevó a cabo para solemnizar la conversión visigoda al catolicismo. Iniciado el 8 de mayo del 589, bajo la presidencia del arzobispo de Sevilla, Leandro, supuso la definición de la estructura del reino visigodo y la base de su ordenamiento jurídico. Pero fue a partir del IV (633) cuando los concilios toledanos pasaron a ser una verdadera institución llamada Concilio General Visigótico. Presidido por Isidoro, arzobispo de Sevilla, el 5 de diciembre del 633 se reunió dicho Concilio, que reguló la sucesión al trono (de carácter electivo, con la votación de la nobleza y del obispado), fortaleció el poder de los monarcas y estructuró a los sucesivos concilios con una doble naturaleza eclesiástica y política.

De entre los restantes concilios de Toledo, cabe destacar el que, convocado por Recesvinto, tuvo lugar en el 653 (VIII Concilio) y restauró el carácter electivo en la sucesión regia; el reunido en enero del 681 por Ervigio (XII Concilio) y presidido por el obispo Julián (futuro san Julián de Toledo), que convirtió al titular de la sede toledana en la cabeza de la Iglesia hispánica y en el primado de su jerarquía; o el XVII Concilio (noviembre del 694), el cual acordó duras medidas contra los judíos a petición de su convocante, el rey Egica.

Los concilios reunidos en Toledo por los monarcas visigodos formaron una destacada parte de la estructura política del reino, que se confundía con el propio ordenamiento religioso del mismo para dar como resultado una confusa imbricación entre la jerarquía eclesiástica y el propio poder regio. De celebración irregular, quedaban a expensas de la convocatoria del rey, el cual iniciaba las sesiones con un discurso al que seguía la presentación del denominado tomo regio (explicaciones jurídicas, e incluso éticas, de las cuestiones que iba a tratar el concilio), institucionalizado desde el VIII Concilio.

San Leandro La influencia del arzobispo de Sevilla y futuro santo, Leandro, fue especialmente decisiva para que, en el III Concilio de Toledo (589), el rey Recaredo se convirtiera al catolicismo y se lograra así la unidad religiosa del reino visigodo. En la imagen, San Leandro, obra de Bartolomé Esteban Murillo que se puede contemplar en la catedral de Sevilla (España).

Toledo (ciudad, España), ciudad del centro de España, capital de la provincia de Toledo y, desde 1983, de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha. Está situada a orillas del río Tajo, a 71 km de Madrid. La ciudad se alza sobre un promontorio de rocas graníticas, a unos 732 m sobre el nivel del mar, limitado en tres de sus lados por el Tajo, mientras que el lado de tierra está protegido mediante una muralla interior y otra exterior. La actividad económica más destacada es la fabricación de espadas del mundialmente famoso acero toledano, realizada por compañías tanto privadas como estatales. También se produce en la ciudad cerveza, ornamentos eclesiásticos, tejidos y artículos de confección, ladrillos y abanicos.

El Alczar de Toledo, España

La impresionante mole que parece presidir la bella ciudad española de Toledo fue construida a partir de 1537, sobre otras fortalezas medievales preexistentes, por el arquitecto Alonso de Covarrubias. Distintas ampliaciones posteriores, de entre las que destaca la de su fachada meridional a cargo de Juan de Herrera, así como repetidos incendios y consecuentes restauraciones le dan su fisonomía actual, definitivamente completada tras los avatares sufridos por el edificio en el asedio republicano en 1936, durante la Guerra Civil española, que exigieron una laboriosa rehabilitación para que recuperase su aspecto original. En su interior funciona actualmente el llamado Museo del Asedio.

PAISAJE URBANO

En Toledo, donde abundan las torres, las puertas antiguas, los callejones estrechos y sinuosos y las imponentes casas solariegas, predomina la arquitectura de época musulmana que da a la ciudad una atmósfera medieval. Su excepcional casco histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1986.

Sinagoga del Tránsito, Toledo La sinagoga del Tránsito, en la ciudad española de Toledo, es el templo judío más grande de los que se conservan en España. Fue construida entre los años 1357 y 1360 por el tesorero del rey castellano Pedro I, Samuel Ha-Leví. En 1494, tras la expulsión de los judíos de los reinos españoles, fue consagrada al culto católico y es en la actualidad un museo sefardí que pone de relieve la peculiar relación de la población judía con esta bella ciudad castellana.

En el centro se encuentra el principal edificio de Toledo, una catedral gótica (1226-1493) con 40 capillas. Otros edificios religiosos importantes son: la iglesia gótica de San Juan de los Reyes y su convento adyacente, un regalo de Fernando II, rey consorte de Castilla con el nombre de Fernando V, a su esposa Isabel I; el Tránsito, una sinagoga (1366) que fue convertida en iglesia tras la expulsión de los judíos en 1492; la iglesia de Santa María la Blanca, otra antigua sinagoga; y Santo Tomé, originalmente una mezquita, reconstruida en el siglo XIV como iglesia gótica.

Entre los edificios civiles destacan el hospital de la Santa Cruz (1504-1514), actual sede del Museo Arqueológico y de Bellas Artes, y el hospital de Tavera.

Todas estas iglesias y edificios, algunos de los cuales fueron construidos por artistas de renombre, como Alonso de Covarrubias o Juan Guas, albergan varias de las obras de arte más valiosas de España (realizadas por Alonso Berruguete, Alonso Sánchez Coello, Francisco de Zurbarán o José de Ribera, entre otros), destacando las pinturas de El Greco.

Sinagoga de Santa María la Blanca, Toledo Construida hacia 1180 como sinagoga y transformada en iglesia en 1405, Santa María la Blanca, en la ciudad española de Toledo, es un ejemplo manifiesto de la importancia de la comunidad judía durante un gran periodo de la edad media toledana, en el que se produjo una importante integración de las tres religiones del libro (musulmana, cristiana y judía).

En la parte más alta de la ciudad se halla el Alcázar, un vasto edificio cuadrado con cuatro torres alrededor del cual las viviendas y otros edificios se agrupan en semicírculo. En el mismo radicó durante varias décadas la Academia Militar del Ejército y, desde 1999, alberga la Biblioteca de Castilla-La Mancha, la segunda más importante del país después de la Biblioteca Nacional de España; está previsto que, parte de su superficie, sea sede del Museo del Ejército.

Puente califal de Alcántara En el año 929, el emir Abd al-Rahman III adoptó el título de califa, lo que significó la independencia religiosa de al-Andalus y la instauración del que abría de recibir la denominación de califato de Córdoba, nombre a su vez de un periodo fundamental en la historia de la península Ibérica. La fotografía reproduce una hermosa vista del puente de Alcántara (Toledo, España) tendido sobre el transcurso del río Tajo, reconstruido hacia el siglo X, durante el dominio que sobre esa ciudad, como sobre buena parte del territorio de lo que en la actualidad son los estados español y portugués, llevó a cabo dicho califato

La plaza Zocodover, construida en el siglo VII y más tarde reconstruida por los invasores musulmanes, fue durante mucho tiempo el lugar en el que la Inquisición quemaba a sus víctimas y donde se celebraban las corridas de toros. La catedral gótica y el Alcázar, hacia los que se dirigen desordenadamente las sinuosas calles del núcleo antiguo, presiden un complejo diseño urbanístico condicionado por la topografía del lugar. La expansión moderna más allá de la Puerta Nueva de Bisagra (murallas medievales) presenta dos barrios: Covachuelas (aún de diseño desordenado) y una zona reciente que sigue un plano hipodámico, organizada por la glorieta de la Reconquista y las avenidas radiales que de ella parten (la avenida de la Cava, la de Carlos III y la de la Reconquista).

La ciudad cuenta, además, con dependencias del Archivo Histórico Nacional pertenecientes al centro de documentación de la denominada Sección Nobleza.

HISTORIA

Antigua población de origen celta, cuya existencia ya aparece recogida en documentos del siglo II a.C., pasó a manos de los romanos en torno al año 193 a.C. y recibió el nombre de Toletum. Entre los años 534 y 712, Toledo fue la capital del reino visigodo de España y adquirió notoriedad por los concilios ecuménicos que en ella se celebraron.

Tras la conquista musulmana en el año 712, la ciudad conoció una fase de esplendor (debido sobre todo a la elaboración artesanal de armas) y, en el siglo XI, se convirtió en la capital de un reino musulmán de corta duración (1035-1085). En 1085, tras un asedio memorable, la ciudad fue tomada por las fuerzas castellanas dirigidas por Alfonso VI y anexionada a las posesiones del reino de Castilla, de las que fue capital entre 1087 y 1560. Durante los siglos XII y XIII Toledo se convirtió en el símbolo de tolerancia del momento, debido a la feliz convivencia entre judíos, cristianos y musulmanes. Durante la baja edad media adquirió un notable desarrollo económico gracias a la producción de telas, pieles y sedas.

Durante la edad moderna, en concreto a lo largo del siglo XVIII, Toledo entró en un periodo de decadencia y sufrió agudas crisis y un proceso de recesión económica.

Ya en el periodo contemporáneo se convirtió en el centro administrativo y en la capital de una región cerealista. Fiel a la República durante la Guerra Civil española (1936-1939), se distinguió por la resistencia que ofreció el sublevado coronel José Moscardó, quien se atrincheró el 22 de julio de 1936 en el Alcázar con unas decenas de militares y civiles y resistió el asedio de las fuerzas republicanas hasta la llegada de las tropas del también sublevado general José Enrique Varela, el 28 de septiembre de ese mismo año. Población (2001), 68.382 habitantes.

Bética, provincia romana de la península Ibérica creada por Augusto en el 27 a.C., que toma su nombre del río Baetis (actual Guadalquivir) y cuya capital fue Hispalis, hoy Sevilla. Su nombre completo era Provincia Hispania Ulterior Baetica y estaba constituida por el centro y oeste de Andalucía, sur de Extremadura y parte de Ciudad Real, aunque el rico distrito minero de Castulo (cerca de Linares, en Jaén) pasó en el 7 a.C. a la Tarraconense. Era una de las zonas más romanizadas de Hispania y su administración correspondía al Senado, si bien a finales del Imperio la autoridad imperial se hizo preponderante. Tuvo 4 distritos con capitales en Hispalis, Gades (Cádiz), Astigi (Écija) y Corduba (Córdoba), destacando Hispalis como capital de Hispania durante el Bajo Imperio (siglos IV y V). Provincia fértil en agricultura, minería y comercio, fue lugar de asentamiento de colonos romanos desde su conquista, y en ella nacieron Trajano (y probablemente también su pupilo Adriano), Séneca, Lucano, Mela y Columela.

Puente romano de Córdoba El proceso de romanización de Hispania (península Ibérica) fue especialmente intenso en la provincia de la Bética. La ciudad de Corduba (la actual Córdoba) se convirtió a partir del siglo I a.C. en uno de los focos económicos y culturales más importantes de esa región dominada por Roma. En la imagen aparece el puente romano sobre el Guadalquivir, cuya reconstrucción fue acometida durante la edad media, bajo la dominación musulmana, cuando Córdoba era la principal ciudad de al-Andalus.

Rodrigo (?-711), último rey visigodo (710-711). A la muerte de Witiza (702-710) se recrudeció la lucha por el poder entre dos facciones nobiliarias rivales, las familias de Chindasvinto y de Wamba. La nobleza, finalmente, entronizó a Rodrigo, perteneciente al primero de los bandos. Sin embargo, los descendientes de Witiza proclamaron rey a su hijo Agila II, que había sido asociado al trono por su padre. En esta situación de auténtica guerra civil, se produjo la intervención en Hispania de los musulmanes. Rodrigo, que se encontraba combatiendo a los vascones, acudió inmediatamente al sur para hacer frente a los invasores. El encuentro entre los dos ejércitos se produjo en la batalla de Guadalete (que quizá tuviera lugar en realidad en el río Barbate) en el año 711. Rodrigo fue derrotado y muerto. Con él concluyó el reino visigodo de Toledo.

Batalla de Guadalete, nombre con el que se conoce al enfrentamiento militar que sostuvieron, en julio del 711 en tierras andaluzas, cerca de Gibraltar, el rey visigodo Rodrigo y el ejército musulmán mandado por Tariq ibn Ziyad, y que concluyó con la derrota sin paliativos del primero. Es discutible el lugar exacto de la batalla, dudándose entre el río Barbate, la laguna de la Janda o el río Guadalete. Se piensa, asimismo, que en el desenlace de la batalla jugó un papel decisivo la traición de los witizanos, nombre que se daba a los partidarios del visigodo Witiza, enfrentados a Rodrigo. En cualquier caso la batalla de Guadalete supuso la desaparición del reino visigodo y fue el prólogo de la ocupación musulmana de la mayor parte de la península Ibérica.